(CAPÍTULO XVIII)
En la cocina se encontraba Juan
junto a sus cocineros. Sobre la interminable mesa de elaboración los ingredientes
y las hojas amarillentas que guardaba en la alacena --¡Chicos, manos a la obra!—Dijo
Juan con voz firme y todos se pusieron en marchar sin cuestionar la decisión del
jefe. Esta reacción de Juan no era normal, para decir la verdad, cada uno de
sus nuevos platos llevaban primeramente un tiempo determinado de experimentación para sacarlos al
público. Esta ética gastronómica siempre la respetó, y desde que la cafetería “El
infierno” abrió nunca la violó.
En el salón los camareros no
daban abasto preparando las mesas y llevando bebidas de un lado a otro a petición
de los clientes. A pesar de las primeras horas, muchos comenzaron a beber algo
más fuerte que el agua. ¡No era un día normal! Los pedidos no eran los mismos,
y los clientes se agrupaban en la puerta esperando su turno para entrar a la
concurrida cafetería. A fuera, en la calle, uno de los camareros descubrió una
segunda fila. --¡El último para llevar!— Preguntó un cliente. Se había formado
una segunda hilera de personas. Estas venían por la comida para llevar. En
realidad hasta después del desayuno, muy cercana la hora del almuerzo, estos
clientes no asomaban la cara. ¡No había dudas que era un día anormal!
Entre los comensales de siempre
se encontraba Lily, la secretaria del director del banco que se hallaba justo
enfrente al infierno. En este significativo día Lily no era la misma. Juan y cada
uno de los camareros y cocineros de la cafetería sabían de su existencia,
porque desde que el banco abrió hace algunos años, la secretaria pasaba antes
por "El infierno". Lily era una joven más bien tímida, con una voz dulce y
delicada que en ningún momento la modificaba. Llegaba a desayunar como cada mañana
con su pelo recogido en una trenza y sus vestidos largos y monótonos. Con intención de sonreír pedía el desayuno, que nunca variaba. Un zumo de naranjas, y tostadas con mantequilla y miel de romero. ¡Se tomaba su tiempo, alrededor de
veinticinco minutos para degustar el primer alimento del día! Posteriormente hacía
el pedido para el almuerzo. Doble ración de ensalada silvestre aderezada con
jugo de limón y aceite de aguacate. Dos patatas a la plancha con queso de cabra
fundido y en abundancia. De postre, se dejaba guiar por la sutileza de Juan. Siempre
eran frutas silvestres aliñadas con aromas y mieles que el propio Juan
elaboraba; pero en esta ocasión, las cosas cambiaron.
Continuará..........................
Fotos: ARA y Mandy.